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Entrevista

11 Mar

En la entrega pasada de La isla en peso, reprodujimos un puñado de poemas del libro inédito de Liudmila Quincoses Clavelo, Plaza de Jesús. Y ahora les ofrecemos el otro lado de su poesía, las orientaciones posibles de esas angustias que justifican el acto de crear. Porque apenas hay que dejarla hablar para reconocer los ángeles y demonios que la azotan.

Retrato del artista (no tan) adolescente
Dean Luis Reyes
Foto: Janett
Liudmila Quincoses

Hoy no es un buen día para Liudmila Quincoses. En estas jornadas de la XII Feria del Libro le han llovido los elogios, recogió su premio en el concurso Nosside Caribe, pero me confiesa su tristeza. Para consolarla, evoco cuando nos conocimos, primero en un taller literario de Sancti Spiritus; luego, en la consulta de un sicólogo. A ella le imputaban el “vivir en las nubes”; a mí, una desmedida suficiencia. Según la doctora, la cura de Liudmila era irse a hacer colas; yo debía cuidar mis arranques de autoconfianza. Ahora descubro que no pudieron corregirnos.
Presumo que con semejante estado de ánimo va a arruinarse nuestro diálogo. Aún así insisto y nos ocultamos en un salón separado del barullo ambiental por una estrecha puerta. Digo:

– Tu poesía casi siempre ha sido identificada con una suerte de rapto místico, de mirada desde lo religioso o metafísico a lo cotidiano del mundo. Esa definición tendió a encasillar tu obra, y como que te acomodaste a ella. Pero en tus dos últimos libros percibo una ruptura. ¿Me equivoco?
– Creo que he dejado de ocuparme de los asuntos ocultos para describir y contar el mundo que me rodea. Siento que hay lugares, casas, habitaciones, personas, que me interesan muchísimo. Fíjate que Plaza de Jesús es muy descriptivo, describe hasta el cansancio lugares, estados de ánimo, como si fuese un cuentecito.
“Yo puedo haber visto esta sala donde estamos conversando toda la vida, pero hay ciertos días en que me levanto (y a eso se le puede llamar estado de inspiración) y la veo con otros ojos (que pueden ser los ojos de la poesía, del alma, no sé). Entonces se me revelan cosas, como la vida que tuvo este lugar antes. Aunque me veas riéndome allá afuera y esté rodeada por dos mil personas, es un sentimiento de soledad angustioso; es de ahí de donde viene toda mi poesía. Son momentos de soledad, días de soledad extrema: por ejempo, hoy es un día en que estoy muy sola y me siento muy mal.

– No lo parece.
– Pero es verdad. Me siento sola en un lugar y sale todo eso de dentro de mí. Pero me he acostumbrado a vivir así. Tengo que hacerlo, pues a veces ese estado dura un mes. Es como si fueran dos yo…

– Creo que eso tiene que ver con la madurez. Y no creo en la madurez como el acabamiento de las ilusiones y los platonismos, sino que uno se reviste de una capa cultural que le permite sobrevivir entre los otros. ¿Será ese tu caso?
– Es que los otros exigen de ti normalidad: que te rías, converses, seas normal.

– Así es, pues lo esencial no se afecta. Esas son cosas accesorias.
– Gracias a Dios, porque hay gente que sufre mucho eso. Entonces yo he logrado ser dos personas distintas: la que soy en realidad y esto que tú ves. Pero incluso esto que ves me gusta muchísimo, pues ¿por qué mi melancolía interior me va a afectar hablar con la gente que yo quiero?

– ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?
– No sé. Nunca pienso en eso. Será que como vivo en sociedad… Hoy Jorge Enrique Adoum me ahorró mucho sufrimiento, porque yo tenía mucha confusión en la cabeza; entonces fui a su conferencia, me senté, y él me lo aclaró todo. Qué fácil, qué manera de ser inteligente, me dije. Porque yo no soy así: yo sufro y ya. Aunque no es una angustia que me imposibilite, sino que la utilizo para la poesía. Es mi mirada: mi libro Plaza de Jesús es como yo veo las cosas. Siempre trato de ver lo que hay detrás; por ejempo, lo que hay detrás de esta mesa (acaricia la superficie donde la grabadora atiende a nuestras voces) es una fábrica, una materia prima, gente que la hizo. Si tengo esta camisa en la mano (y pasa los dedos por los cuadros celestes de mi manga) pienso que una vez una persona la dibujó, otra la cortó, hasta un día que llegó a ti por una cantidad de ciclos y procesos, desde ese momento hasta este. Es lo que pasa con mi poesía también.

– Tanto en Los territorios de la muerte como en Plaza de Jesús percibo tu inclinación hacia la experiencia del acabamiento. Veo que escarbas en las razones por las que habitamos un mundo de cosas mortales. ¿Vives esa necesidad como un deseo agónico?
– No, es muy natural. Es lo que pienso de las cosas. Qué es este lugar donde estamos hablando sino un territorio de la muerte. La muerte toca todos los lugares y está en todas partes. Aunque uno no quiera pensar en eso, es verdad. Tú no te miras al espejo sin imaginarte el viejo que vas a ser. La muerte como tal siempre me ha interesado mucho, pero ahora me interesa más.

– ¿Y eso por qué?
– Porque me parece tan cercana a todo. Me aterroriza, por ejemplo, que se muera un perro en mi casa, porque para mí la muerte tiene una presencia física, que puede ser no una mujer con una guadaña ni nada de eso, pero como yo creo en la teosofía -en esos espíritus que custodian la buena y la mala muerte-, para mí si se muere algo en mi casa la muerte estuvo allí; o si fallece alguien en mi cuadra, o entro a un lugar donde agoniza una persona y tú sabes que la muerte está ahí esperando. Llámese la muerte o los amigos del muerto, que vienen a buscarlo, todas esas cosas que son misteriosas, pues estoy convencida de que es inevitable que exista otro mundo paralelo a este. Y es tan delgada la línea divisoria… Eso me llama la atención: me gustan los cementerios, las tumbas, los enterramientos, los lugares donde se dejan las ofrendas para los muertos. Todos esos ritos alrededor de la muerte, de la perdurabilidad del alma, me interesan.

– ¿Y por qué tomar a tu ciudad como el espacio donde reflexionar sobre todo ello?
– Es que hay lugares de Sancti Spiritus que contienen para mí como un cierto cansancio, pero el día que despierto en ese estado especial, los veo como si fuese la primera vez. Por ejemplo, la cruz en medio de la Avenida de los Mártires -que es como una noticia de la muerte-; a lo mejor soy una de las pocas personas que reverencia esa cruz por su significado. Y me parece gastada ella, ignorada, “gris bajo el cielo gris/ gastada por los pájaros”; los pájaros son los únicos que reparan en ella. Fíjate como hay poetas en Sancti Spiritus y nadie le ha hecho un poema a esa cruz; y es que nadie la ve. Igual que la estatua dedicada a las madres que está en la esquina de mi casa, que todo el mundo la ve.

– Ambos monumentos establecen un diálogo místico si deseas rebautizar la ciudad, reinventarla para la poesía, pues ¿cómo no reparar en la analogía contrastante presente en que un extremo de la Avenida de los Mártires exhiba un homenaje a la maternidad, al venir al mundo; y en el otro, una alegoría a la muerte? Es como la vida, ¿no?
– Mira, yo no había pensado en eso; pero es verdad.

– Las obligaciones del ser civil, ¿de qué manera te han aportado otros enfoques, experiencias, para la poesía, y te despojaron de esa niñez-adolescencia tuya que parecía no tener para cuando acabar? Perdona, pero es que yo nunca pensé que ibas a hacerte universitaria, a tener un empleo fijo o a casarte…
– Ni yo tampoco. Es que mi mamá luchó tanto para que yo estudiara que dije, bueno, voy a complacerla. Y ya estoy en cuarto año. Luego, trabajo en la editorial, hago mi programa de radio, llevo muy bien mis funciones de esposa, hago comidas especiales y todo (también tengo un esposo maravilloso), pero siempre me queda como una disciplina… A ver: tampoco me impongo coger un mes para hacer un libro, pues ese mes no puedo hacer otra cosa que hacer el libro. En ese mes no se comen frijoles en mi casa. Y la editorial me roba mucho tiempo, pero me gusta la gente con la que trabajo, nos llevamos muy bien, y de cierta manera necesito salir todos los días de mi casa por la mañana, eso te da como ganas de hacer cosas, es como un impulso. Fíjate que tengo una tendencia a la tristeza; si me quedo sentada en mi casa puedo estar un mes sin salir y no pasa nada, lo cual no es bueno para la cabeza ni para nada. Y el asunto de escribir las cartas, la Escribanía, me ha ayudado también.

– La gente no sabe que también eres narradora. Cuéntame sobre la noveleta que escribes.
– Se titula San Salvador de los Perros. Son monólogos de los personajes centrales viendo la gente, la ciudad, y además hay una historia complicada. Si no fuera tan vaga, ya la habría terminado. Pero es muy divertido, sobre todo por lo absurda que es.

– Pienso que uno de los atributos de tu poesía fue por largo tiempo no ser demasiado terrenal, apenas tener los pies en la tierra. En los últimos tiempos miras las cosas desde otra perspectiva.
– Puede ser. Últimamente -digo hace cuatro o cinco años- tengo responsabilidades. Ese contacto de todos los días, tener un trabajo, ganar un dinero, te hace ver el mundo diferente. Aunque yo todavía no tengo los pies muy bien puestos sobre la tierra.

– No, mejor no eches raíces…

Creo que sigue triste Liudmila. La invito entonces a los fosos de La Cabaña, a un costado del Patio de los Laureles. Allí se oculta una tarja que recuerda el sitio donde fusilaron a Juan Clemente Zenea, mártir de la poesía, tipo incomprendido. El sauce llorón que le hacía sombra ha sido salvajemente macheteado y casi lloramos en silencio. Le acaricio los retoños que asoman por la herida dejada por un golpe del filo homicida. Entonces ya no pienso más que verdea al costado de una pared hace mucho bañada por la sangre de un iluminado.
Liudmila está sonriendo.

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Publicado por en marzo 11, 2012 en Uncategorized

 

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