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AIRES DE LA PLAZA DE JESÚS Por: Juan Eduardo Bernal Echemendía

11 Mar

“Plaza de Jesús”, además de ser el último libro de Liudmila Quincoses (Sancti-Spíritus, 1975), es la declaración de fe de su autora hacia el espacio vetusto de la Ciudad de Sancti-Spíritus, donde se cuentan misterios y espejismos, que la noche devela en su entrega silenciosa.

Saga de antiguas sentencias, de espacios irreductibles ante el paso del tiempo y su amenaza, el libro es una profunda y muy sentida metáfora de esa ciudad, que desaparece y reaparece, ofreciendo a todos la imagen de tenacidad incontenible, como incontenible y colmada de ternezas discurre la palabra que sostiene el aliento lírico revelador de una curiosa plenitud de sugerencias.

Esta entrega de Liudmila Quincoses, resulta un agradecido ritornello a temas y búsquedas que la autora ofreció en libros anteriores, aunque las recurrencias no son sino el modo de imponer un sentido estilístico y vivencias propias y ajenas, reinterpretadas en la cláusula que la evocación devuelve con propiedad y orientación hacia un cosmos muy personal, que en su poesía condensa, los modos de una voz instaurada con solidez en la literatura cubana.

Una y otra vez los reductos de la ciudad, que repite en las horas públicas y privadas su curso y energía vital, reasumen en este libro de poemas de hondura y sincera plenitud, la pulsión de quien conoce cada calle, el fluir del aire entre los dedos de los árboles de las plazas y parques, los secretos que sostienen una poética espacial, conflictiva y apacible, antigua y actual, dúctil e indócil, sobre el espejo que devuelve con los años, tal vez el mismo rostro.

No son pocas las ocasiones, en que ciertas zonas de este libro sugieren una visión fantasmagórica de la ciudad y sus habitantes, de esos reductos en que habita la cinética y la  inercia, recuperadas en un tiempo instaurado en secuencias descriptivas, de profunda indagación existencial.

 

En esos versos cortantes y a la vez melódicos, se anuncia una certeza, una seguridad de lo futuro, que en la acción premonitoria reducen la posibilidad de lo inasible, aunque las ausencias persistan como ráfagas constantes sobre la vida de la ciudad y de sus plazas.

 

Esta poesía es calificada como mística por una mayoría apreciable de los críticos, así como otros poemas suyos aparecen en antologías que se definen como tal, sin embargo, aunque misticismo y religiosidad constituyen esencias de sus versos, resaltan como pretextos funcionales para la instauración de sentidos y provocación de emotividades cursadas en las cuatro amplias secciones, que aunque comprometen extraordinariamente la intimidad, se proyectan hacia el ámbito de lo público en el contexto urbano.

 

Esta relación de intercambio, esa peculiar forma de incluir lo personal con lo notorio, emplaza dentro de una subjetividad multiplicadora la posición de objetos en una coherencia contrastante, que resultan desde el discurso de la poesía, fragmentos retenidos en el tiempo y una fructífera manera de reproducir ciudad y emociones, como intento de permanencia infinita de los espacios.

 

La transparencia del aire que circula por el poema, arrastrando los sonidos donde las emociones se sostienen, es el canto de las revelaciones del mundo doméstico, de las experiencias personales y los afectos íntimos, de las sugerencias que remiten al recuerdo que siendo tan personal,  suscita en el receptor un compromiso identificador por el efecto común que causa, sostenido en un seguro balance anafórico que afirma el sentido de las argumentaciones.

 

La casa, la familia, los asuntos del recorrido cotidiano, los recursos de la palabra que cumplen una función sinestesia, contribuyen a crear una atmósfera espacial, cuyos protagonistas impulsan sus vivencias desde la propuesta lírica, hacia las interioridades comunes del resto de los individuos, afirman su validez y la veracidad expansiva por efecto de las emociones, en un contexto de conflicto, dramatismo, angustia y alegría,  sugeridos con un balance muy original de la palabra.

 

Así las acciones transcurridas, ofrecen un sentido de simultaneidad con las que se suceden en un curso eventual de coincidencias lógicas, porque todos se hallan dispuestos en una situación contextual, que facilita ese intercambio interno y externo de actos y emotividades.

 

El mundo de la casa asume un influjo hacia el suceder exterior y configura un conjunto de alternativas, que se encuentran dispuestas en un discurso evocador y testigo, donde las personas, las calles, las plazas, los parques, el infinito reacomodo de objetos y otros sujetos, significan del libro de Liudmila Quincoses no sólo recursos, sino esencialidades de una actitud poética y una entrega consecuente con los estremecimientos originados por la conjura sutil de tantas emociones, que esa ciudad, donde la Plaza de Jesús erige su simbolismo, manifiesta en el paso sensible de su tiempo.

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Publicado por en marzo 11, 2012 en Uncategorized

 

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