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Libro de la espera, poesía de Liudmila Quincoses

07 Nov

El libro de la espera

Porque yo sé que el tiempo es siempre tiempo
Y el lugar siempre y nada más lugar
Y lo cierto sólo es cierto un momento
Y sólo en un lugar.

T.S.Eliot

La maternidad es un estado de gracias, ausencia del yo, sentimiento que nos hace replantearnos nuestra vida, filosófica y prácticamente.
Dentro de cada persona ocurren procesos diferentes, yo quise a través de la palabra revivir esa emoción que suponía la espera y el encuentro con mi hija. Preservar para ella estos poemas, testimonio de mi amor.

Liudmila Quincoses
2005-2007

Madre de Piedra

Sobre un pedestal de mármol erigido.
Trenzado el cabello,
impreso en la blancura de la piedra.
Desnuda bajo el manto que la cubre
casi sonríe, casi llora
y tengo la sensación de verla moverse
en la distancia, como si no existiera.
Las flores y las hojas van cayendo de los árboles pobres.
Las manos de mármol, al hijo de mármol acarician.

Ausencia de luz,
agua que multiplica las formas,
vuelves de otra realidad,
regresas para encontrar otra vez tu camino.

Pregunto tu sexo a la mujer que recoge los caracoles.

La clarividente me ha dicho que es una niña,
pasa cuidadosamente el paño blanco sobre mi vientre.
Y canta:
Ossana, Ossana, Osanna,
en el cielo.

Muero y resucito en esa pequeña estancia,
veo jaulas con palomas que han de sacrificar,
los ojos de las aves me suplican.
La adivina me dice que has despertado,
enciende una vela mientras habla con los muertos,
también habla contigo,
no sabemos de donde regresas,
quien hablará por ti.

Afuera cae insistentemente la lluvia,
cantamos hasta que la tarde se apaga,
la figura que habita el vaso
ha enmudecido,
cierro la cortina con parchos,
salgo a la calle,
a la inmensa noche que se abre sobre nuestras cabezas.

El agua guarda otra vez las palabras,
es un rito repetir las oraciones,
hacer la señal de la cruz.
En el claustro todas son imágenes.
El ánima despierta
y comienza con ella
el ejercicio esotérico de cogerse la cola.
Imagen del ánima,
en tu rostro distingo
esos ojos únicos,
el sonido de tu voz,
y otra vez el rito.

Las habitaciones en ruinas me sobrecogían.
Entre dos espejos que multiplicaban
mi cuerpo hasta el cansancio
dormía y despertaba.
Había algo de belleza en el miedo,
en la sensación de vacío que produce
habitar una ciudad inmensa.
En el baño goteaba el agua,
los vecinos irrumpían con su música
en mi cabeza.
Un día y otro pasaban vertiginosos.
Cierta noche vino el ángel.

El último mes del verano
padecí la ausencia de la sangre,
fue como una fiesta
donde yo sola flotaba
con los ojos sellados.
Borré toda muerte de mi cabeza,
captaba la diferencia.
Padecía la ausencia de la sangre,
los otros mortales
gastaban uno a uno sus días,
dormían y despertaban,
ajenos al milagro.

En la noche profunda del útero me hundo,
mis ojos se inician en el oscuro arte de mirar las arterias,
la sangre que corre presurosa
como las aguas del estigia.
Adentro todo es génesis,
golpeando suavemente,
el arca es mi cuerpo.
Y allí, entre lo áspero y lo blando,
en el silencio más profundo
la vida comienza.

Mis senos como puñales
crecen lentamente,
crecen y voy llevándolos con dolor
bajo mi blusa.
¿Podré alimentar a mi hijo?
¿Podré tocarlo sin herirlo
con estos senos como filosas puntas?

Frida nunca vio como yo su cuerpo por dentro,
dibujó lo que aparecía en su mente.
Yo, he visto el dibujo exacto de mi interior
en una pantalla,
la exacta copia de mí y quisiera pintarlo,
poder abrir en dos la caja de mi cuerpo
y ver
y experimentar
en tan profundo abismo
sensaciones,
miedos.
Ignoro que pasa dentro de mi vientre
donde otras manos invisibles
tejen y destejen
lo eterno.

No has de volver a escuchar las palabras
con que te he nombrado,
la oscura resolución.
El señor ha venido,
hemos vagado por la región donde no existen rostros.
He vuelto a hallarte en el aullido,
en la inocente luz.
Ahora laten dos corazones dentro de mí
y en la noche del útero
una mano toca el centro de mi cuerpo.
Toda lucidez es un acto de soberbia,
de completa ignorancia.

Mujeres de mi familia,
a veces invoco sus nombres,
las percibo a mi lado.
Como tú ellas habitaron
la casa de la sabiduría,
regresan en el tiempo.

Mi imagen está en ti,
escondida,
como esos mándalas
que ocultan
ciertos espejos chinos.
Tu imagen está en mí,
fijada,
como el perfil del rey,
en la necesaria moneda.

Frente al espejo
me levanto la blusa y palpo mi vientre,
la piel antes tersa se ha contraído.
Mi vientre crece
y es tan extraño saber que hay otro corazón
despierto en la noche del útero.

Mientras tú duermes
en mi vientre,
tranquila,
los días se suceden
inevitablemente.
Todo ha sido labrado en la piedra,
La vida que tendrás, la fecha última.
Tu nombre y el mío.

Ves por mis ojos lo bello y el horror.
Esperas como yo que amanezca
para sentir el golpe del sol.
Te calma la plegaria de la lluvia cayendo,
interminable.
Sientes la música de la sangre,
que fluye,
día tras día te llegan anuncios
de esa otra vida que te espera.

Tu pie en mi costado me detiene,
he sentido el leve movimiento
de tu cuerpo,
Vas en mí despierta,
guiándome los pasos.

Habitas la casa de las profundidades,
y tus ojos penetran la tiniebla,
que adivinan los paisajes.
Te hablo suavemente en las tardes,
sé que entiendes esas palabras
con las que describo las cosas,
la vida que te espera.
Todo es silencio dentro del claustro,
a ratos la piel traluce la luz
y adivinas que afuera se suceden las constelaciones,
escuchas las mareas crecer en la noche,
como tú.
Hija, que suerte tenerte,
sentir que por ti
otra vez nazco.

Sensación de abandono.
Ausencia del cuerpo
en las aguas primordiales.

En Palenque

Ascender por los escalones de piedra hasta el templo, subir respirando poco a poco, sentir los pies hinchados, las manos entumecidas, la fatiga del sol castigando a los peregrinos. En lo alto, es como si el valle y las pirámides se fundieran, ya no soy pesada, como las águilas vuelo, canto. En el recinto de piedra te mueves, hundes tus pies en mi costado, acomodas tu cuerpo, sé que sientes como yo la emoción de estar en el sepulcro de un antiguo rey, en la ciudad sagrada de Palenque. Recuerdo que allí dije una oración por ti, para que los dioses mayas nos cuidaran, para que habitáramos de alguna manera aquellos templos, el milagro de la pirámide que persevera junto al cielo.

Una vela encendida,
luz para tu nacimiento, hija.
Luz que me anunciaba el dolor,
la fuerza que debía mostrar.
Manos contraídas,
sintiendo la violencia de tu cuerpo
empujando,
queriendo abrirse al mundo.
Luz para tu nacimiento
yo invocaba,
las letras de tu nombre ahuyentaban la muerte.

Te anuncian y ya vienes,
te sacan de mi cuerpo en ese instante
en que la noche del útero se abre,
allí donde habitabas.
Han abierto como en pétalos de sangre mi vientre,
conoces por fin la luz,
vuelves los ojos encendidos al mundo deforme.
Veo que balancean de lejos tu cuerpo,
te oigo llorar.
Llegas, tus manos se aferran,
esos pequeños dedos buscan asirse,
encuentran por primera vez otras manos,
el llanto es tan fuerte.
Hago lo que las mujeres han hecho desde tiempos remotos,
te calmo con mi pecho,
sorbes la leche,
siento tus labios y tu cuerpo arder en mí.
Lo primero que escucho después de tu nacimiento es la lluvia.
Las luces del quirófano han sido apagadas
y juntas por primera vez
escuchamos el hermoso sonido de la lluvia.
Celebramos en silencio el milagro de encontrarnos.

El agua ha lavado las calles,
ha traído el silencio,
ha borrado los restos del dolor.
Me he quedado sola contigo
esta primera noche.
No sé qué hacer,
no reconozco tu llanto entre los otros.
En la penumbra escucho
los sonidos
que se filtran por la estrecha ventana,
miro tu cuna
y a ratos adivino esa silueta.
El cuerpo que dormía dentro de mí
ahora es independiente.
Siente la vida como yo,
poco a poco van despertando
sus sentidos.
Que lejana en mi memoria
esa primera noche,
en la que yo
desconocía tu cuerpo,
recomenzaba mi vida.

Te abrazo
no sé cómo cargar tu cuerpo diminuto,
sé que no puedes verme,
sólo escuchas
el sonido de mi corazón,
ese latido constante que nos une.

Como un cuchillo filoso punzándome
en la noche
tu llanto me anuncia el despertar,
tu llanto punzante me estremece,
felicidad de escucharte volver a la vida.

Siento la leche brotar de mis pechos,
tu cuerpo se aferra a mí
y los labios buscan calmar el hambre,
permanecer.
Me balanceo,
la madera y yo,
mis brazos y tú,
conforman un único cuerpo.
Durante horas
sólo existe
el lento movimiento del sillón.
la habitación silenciosa,
la casa en penumbras.

Picamos tus uñas por primera vez,
quisimos ponerlas en un libro,
tu padre trajo un volumen de Leonardo,
para que fueras como él.
Entre máquinas para volar y
otros inventos las colocamos,
invocándolo
y allí esperan.

Magna mater,
reflejo de mi cuerpo
tu imagen.

Madonna con el niño (En la Galería de los Oficios)

Crucificado,
las manos rasgadas por el peso del cuerpo,
cubierto de sangre,
ardiendo en fiebre,
los ojos hundidos,
la corona de espinas castigando
la frente.
Pero después,
ahora es sólo un niño
que la madre acaricia,
bebe de sus pechos
la leche salvadora,
mientras canta para él
antiguas coplas,
aprendidas de sus padres
en las largas travesías
por el desierto.

En Siena,
en la Plaza del Campo,
un día espléndido
en medio del invierno inclemente.
La gente ha venido a tomar el sol,
a leer sus diarios.
Nosotros nos acostamos
sobre los adoquines,
para sentir plenamente la felicidad
de aquel momentáneo verano.
Tú no estabas un minuto tranquila,
perseguías las palomas y reías,
mientras las figuras de mármol de la fuente
te seguían, discretamente
con la mirada.

El neptuno de bronce,
y las gitanas,
los turistas,
las estatuas vivientes,
la copia del David,
vigilándonos.
Vuelvo a mi lectura,
me pides que cante,
te alejas de mí,
canto para que vuelvas,
juegas con otra niña,
estás feliz,
hay tanta paz,
todo es perfecto,
hermoso.
Unos siglos antes
exactamente aquí
murieron los herejes
quemados en la hoguera.
En este mismo sitio donde ahora escribo,
donde tú cantas,
celebraban el horrible espectáculo,
lo llamaban auto de fe.

Nos abrazamos
frente a la catedral iluminada.
El frío torturaba con sus finísimas agujas.
Pero queríamos ver Notre Dame,
sentir la emoción de compartir ese recuerdo.
Tú dormías en el coche,
a veces me inclinaba para taparte,
para sentir la tibieza de tu cuerpo
bajo la manta.
Me parecía increíble que estuvieras
con nosotros,
que estuviéramos los tres.
Recuerdo que nos besamos largamente,
volvimos al metro,
a esa silenciosa noche en París
que una y otra vez regresa a mi memoria.

En las noches cuando te cargo para dormirte
siempre nos miramos a los ojos.
Siento vergüenza
de esa mirada fresca,
luminosa.
Ojos inquietos que buscan,
la cansada tristeza de los míos.

Al amanecer me sorprendes,
Es increíble que ya puedas cantar.
Recibo el día con tu música.
Sonido de la lluvia cuando cae,
mar en calma.

Escucho tu voz en la tarde que declina,
caminas a mi lado,
apurando el paso,
reinventando el mundo.
Me hablas en sánscrito,
en arameo,
en un lenguaje que recién estrenas.

¿Si pudiera regresar el tiempo
y devolverte a mi vientre?
Nunca habría sentido esta felicidad,
como de relámpago que cruza el paisaje
y nos aterroriza,
pero al mismo tiempo
bautiza y lava con su fuego.

Tus manos son como pájaros aleteando,
modelan el barro, acarician.
Cruzan ante mis ojos intranquilas,
guardan tu historia en las líneas de la palma,
constancia del milagro.

La línea de tu mano
abriéndose a la vida,
la línea fina,
casi invisible,
que se irá mostrando
más profunda cada día.
Y allí tus alegrías,
tus derrotas,
el hermoso verano
de la infancia.
Tu destino,
dibujado por Dios
sobre la palma.

¿Si pudiera regresar el tiempo
y devolverte a mi vientre?
Nunca habría sentido esta felicidad,
como de relámpago que cruza el paisaje
y nos aterroriza,
pero al mismo tiempo
bautiza y lava con su fuego.

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Publicado por en noviembre 7, 2011 en Uncategorized

 

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